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Pablo Valenzuela: único en su tipo

Este científico ha mejorado la salud de la población mundial en áreas como la hepatitis y el sida. Además, es un exitoso empresario de la biotecnología, uno de los pocos en Chile que ha usado este modelo para perseguir descubrimientos y patentes. Ahora es parte de un equipo que anda detrás de la cura contra el cáncer.

Pablo Valenzuela parte dando instrucciones. Que las fotos, que la entrevista, que la fecha de publicación. “A mí no me gustan las preguntas largas. Esas tipo ‘cuénteme sobre su vida’. Me pierdo”, dice este científico que ha dirigido varios grupos de investigación que han hecho descubrimientos importantes.

-Dicen que usted es un excelente jefe, pero no debe serlo tanto como empleado. Es bueno para mandar, ¿pero cómo es para que lo manden?

-Bueno también cuando hay que ser empleado… pero la verdad es que nunca nadie me ha mandado. Nunca he trabajado para nadie por plata. Ni pienso hacerlo. No por orgullo, sino porque esta es la forma en que sé hacer lo que hago, y la que he encontrado para hacer la mayor cantidad de cosas a una velocidad acorde con mi edad. A lo mejor si tuviera 25 años y empezara de nuevo haría cosas distintas.

Él tiene 72 años y es un personaje poco común en la ciencia chilena. Primero por su trayectoria: es Premio Nacional de Ciencias Aplicadas, el mayor reconocimiento que puede recibir un investigador de su tipo en este país y su aporte va más allá de estas fronteras. La Universidad de California, San Francisco, una de las instituciones líderes en medicina en Estados Unidos, con la que Valenzuela tiene una relación desde la década del 70, acaba de darle su distinción máxima, la USCF medal, por su aporte a “mejorar la salud mundial”.

-¿Y cuál cree usted que ha sido su principal contribución a la salud mundial?

-Pienso que ha sido variada y no ha terminado todavía.

Hepatitis, sida, y potencialmente el cáncer son algunas de las enfermedades donde este investigador que pertenece a la primera generación de bioquímicos de la Universidad de Chile ha dejado o está poniendo su nombre. Valenzuela ha reducido los riesgos que corren las personas. Mientras vivía en California, en los 80, desarrolló la primera vacuna contra la hepatitis B, enfermedad que en ese momento infectaba de manera crónica a 360 millones en el mundo. Hoy esa vacuna es parte del plan obligatorio que reciben los niños en Chile y muchos otros países.

Después vino lo de la hepatitis C, quizás más importante. “El mundo estaba desesperado por un virus desconocido, al que le decían el virus de la transfusión”, dice Valenzuela. Hepatitis noA-noB lo llamaban también porque aunque pertenecía a la familia no se comportaba como ninguna de esas dos variantes. Al no haber sido aislado no se podía detectar y la gente se infectaba sin saberlo. Valenzuela diseñó y dirigió a un grupo de virólogos, inmunólogos, biólogos celulares hasta que dieron con él. Se demoraron cinco años. “Estábamos a punto de soltarlo, cuando resultó”.

-¿Qué los mantuvo ahí?

-La importancia del descubrimiento. Esto revolucionó la medicina en esa área. Ahora hay test que permite detectar la hepatitis C y se han desarrollado drogas para eliminarla, todo basado en nuestro descubrimiento.

-¿Cómo mantuvo la fe en que lo lograrían?

-Tuve que ejercer influencia. Otra gente ya quería librarse de este tema porque no estábamos teniendo éxito, pero me opuse. Después de tres años no es tan fácil salirse. Esa es la gracia del director científico, dirige el proceso, pero también la emocionalidad de un proyecto y eso es muy importante: mantener a la gente motivada, ayudarlos a que no se sientan aislados. Tuve que mostrar que los fracasos eran lógicos porque, además, era un virus que estaba en muy pequeña cantidad en la sangre y muchos habían fracasado tratando de dar con él. A tal punto que cuando nosotros dijimos que lo habíamos descubierto no nos creyeron.

-¿Cómo?

-Los expertos en hepatitis no nos creyeron. Les dijimos “háganos un panel de muestras”. Aunque no se había aislado, se podía probar si la sangre estaba contaminada si al pasársela a chimpancés estos desarrollaban la enfermedad. Nos hicieron un panel con sangre infectada, otro con sangre limpia, o con otros tipos de hepatitis. ¡Se las cachamos todas! Después desarrollamos un test para poder detectar la hepatitis C. Fue un acto de patudez y osadía, pero en los grandes descubrimientos hay que ser así. Por eso me están dando premios, pero esos también son para un equipo.

A Valenzuela le complican los reconocimientos. No porque no crea que se los merezca, sino que porque son “egoístas” y se enfocan en una persona. “Casi todo lo que he hecho en la vida, lo he hecho con otros y mucho premio puede generar problemas”, dice y agrega: “todos somos humanos y por eso me preocupan los créditos y me intranquilizan las distinciones personales”.

PABLO VALENZUELA-Usted ha logrado armar buenos grupos, ¿en qué se fija cuando busca a la gente?

-En que tenga experiencia de trabajo en equipo. En sus conocimientos, su historia, su doctorado, con quién trabajó, su carta de recomendación y cosas por el estilo. Pero tengo una entrevista para ver si es tímida, porque en la ciencia una persona demasiado introvertida, el científico loco, que está en un rincón y no habla con nadie, no sirve. Un escritor puede ser así. Si escribe buenos libros, perfecto. En la ciencia, solo no logras nada. Vas a hacer algunos experimentos y algunas locuras, pero no más, porque la ciencia es muy compleja, son muchos factores que inciden y se necesita de varios.

FORMA DE HACER

Pablo Valenzuela y equipo no descubrieron el sida, pero fueron el primer grupo que secuenció el genoma del virus en los 80. Con esa información se pudo desarrollar, entre otras cosas, un test para detectar la presencia de la enfermedad, el que hoy por ejemplo todas las mujeres tienen que hacerse por protocolo cuando están embarazadas.

Ese descubrimiento, sumado a los en hepatitis B y C, en conjunto tuvieron otro efecto: hicieron la sangre segura. “Antes, hacerse una transfusión era como jugar a la ruleta rusa”, explica Carolina Torrealba, bióloga que trabaja con Valenzuela en la Fundación Ciencia & Vida. Como los virus no habían sido aislados, era imposible detectarlos. Por eso, previo a estos descubrimientos la gente que sabía y podía, tomaba precauciones. La propia mujer de Pablo Valenzuela, la bióloga Bernardita Méndez, quien además ha sido su principal socia profesional todos estos años, se sacó y guardó sangre antes de tener a su hija, que dicho sea de paso es la cantante Francisca Valenzuela. El objetivo era tener una reserva limpia y no correr riesgos, si se llegaba a producir alguna complicación durante el parto y tenían que hacerle una transfusión. “En ese momento lo hacía mucha gente”, explica Valenzuela.

-¿Por qué no siguieron trabajando en una vacuna para el sida si ya habían hecho una para la hepatitis B?

-Lo hicimos por seis años. No funcionó. Tuvimos que dejarlo después de gastar 60 millones de dólares. Por suerte lo hicimos, porque tres décadas después todavía no hay vacuna. El problema tenía rasgos muy difíciles y entonces o había que esperar nuevas tecnologías o iba a ser una casualidad y en ese momento la empresa no podía gastar más dinero. Nos pasó lo mismo con la vacuna de la hepatitis C. A veces hay proyectos que no funcionan. Eso se llama riesgo.

Uno de los principales riesgos que ha corrido Valenzuela es haber fundado empresas para perseguir sus investigaciones. En Chile, hay poca gente que puede decir lo mismo. La mayoría de los científicos destacados se han desarrollado al alero de una universidad, alguna en el extranjero o principalmente la Chile o la Católica desde donde conducen sus estudios con el apoyo de fondos estatales como los Fondecyt. Aunque este bioquímico ha trabajado en varias instituciones académicas partiendo por la Universidad de California y fue profesor de la Universidad Católica y actualmente de la Andrés Bello, buena parte de su vida científica la hizo en el mundo privado, en Chiron Corporation, compañía que fundó a comienzos de los 80 en Estados Unidos con su antiguo profesor William Rutter y Edward Penhoet. Ahí fue donde desarrolló las investigaciones en hepatitis y sida.

-¿Por qué no se quedó en la Universidad de California donde trabajaba en los 70 e hizo una empresa?

-Fue una acto de osadía: tuve la suerte de estar en el medio de uno de los descubrimientos más grandes de la ingeniería genética. Se conoció cómo se podía pasar genes de un organismo a otro, lo que aumentó de forma logarítmica las posibilidades de experimentos y aplicaciones interesantes. Probablemente el científico puro se hubiera quedado en la universidad, pero los que teníamos otras ambiciones también, nos fuimos porque era una gran oportunidad.

– ¿Qué otras ambiciones?

-De hacer cosas que llegaran al ser humano más rápido. La universidad nos apoyó mucho. Pero en la universidad uno tiene que enseñar, estás lleno de cursos, reuniones, comités. Para hacer cosas hay que acortar el camino y te diría que la única manera es hacer una empresa, porque si uno quiere que alguien financie una investigación, va a tener que darle un pedazo. ¿Cómo le das eso sin crear una empresa con acciones? La empresa es una manera de transformar grandes conocimientos en algo útil para la sociedad y cuando es útil para la sociedad es financieramente bueno.

Las investigaciones se tradujeron en patentes para la vacuna para la hepatitis B, los tests para detectar la hepatitis C y el sida. Además, produjeron otros productos, como la insulina humana, y Chiron, que había empezado con menos de 10 personas, se convirtió en la segunda empresa de biotecnología más grande del mundo, llegando a tener seis mil empleados. A fines de los 90 Valenzuela y su mujer, a cargo de regulatory affairs de la compañía, se salieron del negocio: “Estas cosas uno no las hace para quedarse pegado. A mí me gusta la parte del emprendimiento, lanzar algo. Era una empresa entretenida cuando éramos 20, doscientos, ochocientos, pero ya cuando eran seis mil… Ahí la influencia de uno y la dedicación al detalle científico es muy menor. Hay que lidiar con los accionistas, las ganancias, los balances. Ya había pasado lo interesante desde el punto de vista científico”.

EL ATAJO

Tras dejar la empresa, en 1997 volvió a Chile, aunque sin dejar de tener un pie en California, donde todavía tiene una casa y viaja constantemente.

-¿Por qué no se quedó allá si llevaba ya 20 años?

-¿Qué iba a hacer? Volver a la universidad era difícil a mi edad. Ni por nada quería empezar otra empresa. Uno hace una compañía porque ve una oportunidad que es impasable, pero yo soy bien exigente con las oportunidades. Pensé que nuestra labor en Chile podía ser más interesante.

Junto a Bernardita Méndez y el inmunólogo Mario Rosemblatt creó la Fundación Ciencia & Vida para hacer ciencia en 360 grados, como les gusta decir, es decir, investigación, formar a gente en el área de la biotecnología, promover la aplicación de sus descubrimientos en sectores productivos y además difundir la ciencia en la sociedad. “En ese momento pensamos que no queríamos ser ni empresa ni universidad, sino que algo con alta independencia y que se vincule con ambos mundos. Algo propio, una fundación donde nosotros pudiéramos decidir las cosas y hacer algo interesante. Y bueno, si no resulta, apagamos la luz y nos vamos, nomás. La gracia de este modelo es que tienes una libertad de hacer y deshacer”.

-Le importa mucho la libertad a usted…

-No la libertad porque sí, sino que independencia para poder hacer lo que uno cree en forma rápida. Cuando me vine a Chile no tenía ni 20 ni 30 ni 40 años. Uno quiere hacer cosas rápido para alcanzar a verlas y para eso necesitas decidir altiro y no tener que ir a hablar con el profe, el decano y el rector. O con el directorio de la empresa. Necesitas libertad, pero es peligrosa eso sí, porque puede salir malo y más lento. Para ser libre hay que ser exitoso. Un profesor universitario, aunque no sea tan bueno, se puede quedar toda la vida. Aquí no, aquí el riesgo es constante.

El modelo para hacer ciencia de la Fundación Ciencia & Vida apuesta no sólo a los fondos estatales, sino que también en hacer relaciones con empresas y fomentar las colaboraciones internacionales, tanto en fondos como en lo académico, para lo que entre otras cosas han desarrollado una estrecha alianza con la Universidad de California en San Francisco. Es lo que ellos llaman “el atajo”, un modelo que nace de un diagnóstico de que en Chile no es fácil investigar.

-¿El escenario es desfavorable para hacer ciencia aquí?

-Tenemos buena ciencia y buenos científicos, pero poco. En comparación con otros países de Latinoamérica estamos súper bien, pero no comparado con el resto del mundo. Chile gasta 0,4 % del PIB cuando todos los demás están en 3 o 4%. Si queremos avanzar a una economía del conocimiento, se requiere más creatividad e inversión.

-¿Cómo define entonces el estado de la ciencia en este país?

-Está mal, en su institucionalidad. La planificación cambia cada cuatro años. Llevamos mes y medio de gobierno y no sabemos quiénes van a dirigir la ciencia en Chile. Hace años que se habla de tener una institucionalidad distinta, de Estado y no de gobierno, como el Banco Central, que permita fijar políticas a largo plazo. Pero no ha salido. Se habla de un ministerio de ciencias, pero no es tanto el tipo de institución, sino que cómo se estructura, porque si se cambia cada cuatro años, es la misma estupidez nomás. Mientras eso no ocurre, nosotros nos estamos adaptando a un sistema con poca plata y buscamos fondos privados y extranjeros. Hemos tenido suerte, no lo niego, y también hemos tenido buen acceso a dineros del Estado, pero quisiéramos que instituciones como la nuestra se multiplicaran 10, 15 veces o 50 veces. A Chile no le sirve tener sólo una fundación como esta, pero sí sirve como modelo para otros.

-¿Cuáles han sido los principales aportes de la Fundación?

-Hemos hecho descubrimientos, publicado muchos artículos y sacado muchas patentes. Desarrollamos una vacuna contra una enfermedad de los salmones en un momento difícil, y un proyecto de investigación en cáncer con muy buenas perspectivas. Hemos formado PhD en conjunto con la Universidad Andrés Bello, en un programa único de biotecnología, que no existe en Latinoamérica. Y hemos trabajado permanentemente en programas de educación y difusión de las ciencias.

-Han pasado más de 15 años desde que comenzaron, ¿cree que ese modelo es replicable?

-Lo es, totalmente. Se está replicando. Hay centros muy interesantes, pero están metidos en las universidades. Les falta el paso final, que es salirse de ahí.

LA EMPRESA DEL CANCER

Mientras estaba en California, en 1986, Valenzuela fundó junto a Arturo Yudelevich GrupoBios, una de las primeras empresas de biotecnología en el país, que ha crecido y dado origen a otras compañías como Bios Cell, en células madre. Otra empresa que se descuelga de ahí es Andes Biotechnologies, que trabaja con la Fundación Ciencia & Vida y desarrolla investigación y tratamientos para el cáncer. Valenzuela participa en todas ellas, pero esta última es la que le está quitando el sueño porque está muy entusiasmado con los resultados que podrían tener en los próximos años.

-¿Por qué hacer otra empresa?

-Porque apareció de nuevo una muy buena oportunidad. Aquí hay un gran científico que se llama Luis Burzio, que descubrió una tecnología y describió procesos que nadie había descrito en proliferación celular. Uno puede usar ese conocimiento para atacar la proliferación celular de tumores y en eso hemos estado en los últimos cinco años.

-Poder impedir la reproducción de células es prácticamente tener la cura del cáncer…

-No, para tenerla hay que demostrar que funciona en un ser humano. No tenemos eso. Tenemos un conocimiento y una tecnología patentada que podría ser una cura para el cáncer.

Hasta ahora la han probado en ratones, con resultados, por lo que están iniciando los trámites para iniciar pruebas con personas, en Estados Unidos. La primera fase es determinar si el medicamento es seguro y qué clase de efectos secundarios produce. Luego vienen los estudios de eficacia, es decir, demostrar que funciona, en poblaciones más acotadas primero, y más amplias después. Todo eso puede durar más de siete años, pero en tres o cuatro más podrían tenerse conclusiones preliminares. Valenzuela está esperanzado.

-¿Por qué no hay más empresas como la suya en Chile?

-Chile tiene poca ciencia, y como consecuencia hay pocos descubrimientos. Para hacer empresas en biotecnología necesitas hallazgos importantes y de primer nivel. Para eso hay que conseguir financiamiento y generar confianza en que uno va a poder tener buenos resultados, científicos y financieros.

-Actualmente se está hablando de la reforma tributaria: ¿cómo ve usted el momento político en relación a las empresas?

-Estamos en una coyuntura política difícil y hay que ver qué pasa, estoy confundido, pero no asustado. Chile tiene una base de gente muy buena y, por lo tanto, saldremos adelante. En nuestro caso, la industria del conocimiento no se ve tan afectada porque genera productos sofisticados, resistentes a condiciones económicas adversas. Si alguien depende de las ventas de ropa en el retail y le suben la tributación, le afecta mucho. Pero a alguien con productos con alta tecnología, patentados, no tanto.

Fuente: La Tercera

Héctor Hidalgo Sepúlveda
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Director Ejecutivo - Red de Ex Alumnos USM, Director del Centro de Desarrollo Profesional USM, Universidad Técnica Federico Santa María.
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