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Ochenta años

Juan G. Ayala, profesor del Departamento de Estudios Humanísticos reflexiona sobre un nuevo aniversario de la Universidad.

La Universidad Técnica Federico Santa María de Valparaíso ha celebrado la noble edad de 80 años, conmemoración que obliga a considerar su pasado como un reservorio de experiencias las que, de haber recta conciencia, permite mirar el futuro sin apuros circunstanciales, sin premuras destempladas, empero sin apatías y sin autocontemplaciones. Las verdaderas universidades no se miden por los tiempos electorales ni por los ciclos económicos, empero como son instituciones de suyo políticas y que integran una sociedad, deben encontrar en el temple de sus autoridades y sobretodo en su Academia, el punto exacto de fusión donde se fragüen, el tiempo largo universitario con la agenda corta de la gestión.

Acaecidos los festejos, debe advenir la reflexión y la proyección desde el tiempo vivido. La Santa María ha tenido muchas crisis de crecimiento: su nacimiento tan pautado, un proyecto educativo completo y complejo interrumpido por la reforma, la intervención militar, la vuelta a la democracia, y sobretodo su propia vida corporativa. Sus académicos debieron responder en una u otra ocasión, debiendo hacerlo con eficacia y pertinencia a lo genuinamente universitario, he ahí su valor profundo, es una exigencia moral permanente, no la respuesta oportunista a un mercado de la educación. La Universidad Santa María tiene el derecho y el mérito de hablar de tradición, porque tiene vida y trabajo acumulado de 80 años, depositario de un mandato profundamente ético, el clamado póstumo de don Federico Santa María, lleno de significaciones, políticas, sociales, ideológicas y culturales, instrumentalizadas por la técnica y por la ciencia. Las primeras dan sentido a lo segundo, el “ethos” antecede a la “techné”.

La academia de la Santa María debe sentirse corresponsable con su fundador, el cenotafio que mira al océano pacífico es la conciencia, y los 80 años son el inicio de la madurez. 80 años significa que han comenzado 20 años de nuevo aprendizaje. Si en el futuro se cometen errores, no deben ser los de antaño, es menester aprender del pasado, enriquecer la tradición como lo hizo el abuelo, que no significa usar el sombrero del abuelo, sino que comprarse uno nuevo como alguna vez hizo el abuelo. Es deseable que cuando se cumplan los 100 años, la tradición la encarne un joven centenario, coherente con su pasado porque la tradición es simplemente lo que se hace bien todos los días, pero inspirado consistentemente en los primeros días de vida. El rumor del llanto a la salida del útero, los balbuceos de las primeras palabras, las caídas y tropiezos del primer caminar, esos son los 80 años de la Santa María, ahora nos toca aprender a caminar.

Fuente: Dirección General de Comunicaciones.

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